Abogados y Medicos especialistas en incapacidades laborales Tf. 91 638 58 81 / 686 435 347
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RELATO DE ENFERMA DE CANCER DE MAMA CON RECONOCIMIENTO EN SENTENCIA JUDICIAL DE INCAPACIDAD PERMANENTE TOTAL 

 

Proceso vivido por esta profesora de educación infantil hasta el reconocimiento de la Incapacidad Permanente Total para su trabajo habitual

 

La trabajadora fué operada de carcinoma de mama derecha en febrero de 2013 y sometida a mastectomía y linfadenectomía. Recibió tratamiento con quimioterapia, radioterapia y hormonoterapia. 

 

Como consecuencia de la hormonoterapia le quedan secuelas de osteoporosis de alto riesgo en columna dorsolumbar. El tratamiento de quimioterapia conlleva una toxicidad cardiaca que le produce una función sistólica global deprimida. Los erectos de la cirugía con vaciamiento axilar han derivado en una perdida de movilidad y fuerza en el brazo derecho. 

 

Como consecuencia de su situación permanece de baja por Incapacidad Temporal (IT) durante 18 meses. Los facultativos que tratan a la trabajadora constatan que presenta limitaciones para tareas de movilidad y sobrecarga del brazo derecho. Teniendo en cuenta que es profesora de niños entre 0 y 3 años, deberá realizar en su trabajo tareas de manipulación y cargas de peso.

 

Pese a ello, el INSS deniega el reconocimiento de la Incapacidad Permanente. En la vía administrativa, vuelve a desestimar la reclamación previa presentada. 

En la vía judicial la paciente obtiene el merecido reconocimiento de las prestaciones por Incapacidad Permanente Total, considerando la sentencia que las limitaciones de la paciente le impiden el desarrollo de su trabajo habitual.

 

La paciente que narra el relato fue representada y defendida por Vicente Saiz Marco, abogado responsable de Equipo Jurídico de Marconia Legal.

 

 

 AUXILIAR DE AYUDA A DOMICILIO ENFERMA DE LUMBALGIA CRÓNICA Y DOLOROSA

 

El Juzgado de lo social de Madrid reconoce en su sentencia una Incapacidad  Permanente Total a esta trabajadora auxiliar de ayuda a domicilio.

 

Trabajadora de 46 años, auxiliar de ayuda a domicilio, desarrollando entre otras las funciones siguientes: Hacer y llevar la compra, limpieza del hogar, preparar la comida, asear a las personas que auxilia, moverlos y trasportarlos donde se requiera.

 

A raiz de un proceso de lumbalgia crónica estuvo en situación de Incapacidad temporal (IT) durante 1 año. Pasado este plazo el INSS le da el alta médica denegandole la Incapacidad Permanente.

 

La trabajadora que se encontraba incapacitada para incorporarse a su trabajo, interpuso reclamación administrativa previa contra la resolución denegatoria del INSS, que nuevamente fué denegada.

 

A la vista de los informes médicos que señalaban como "paciente con importante clínica dolorosa a nivel de columna lumbar, con escasa mejoría con tratamiento médico, escasa respuesta a la infiltración epidural. Limitación de vida activa por el dolor ya que no puede flexionar la columna ni coger pesos", se decide presentar demanda ante los Juzgados de lo Social.

 

El juez entiende que las actividades a realizar en su trabajo son incompatibles con las recomendaciones médicas que incluyen la imposibilidad de realizar esfuerzos físicos que afecten a la columna lumbar, sin pronostico de evolución favorable. En base a ello la sentencia concluye que la trabajadora se encuentra en situación de Incapacidad Permanente Total para su trabajo habitual

 

 

La paciente que narra el relato fue representada y defendida por Vicente Saiz Marco, abogado responsable de Equipo Jurídico de Marconia Legal.

 

RELATO DE ENFERMA DE FIBROMIALGIA, FATIGA CRONICA, Y SINDROME DE SENSIBILIDAD QUIMICA, DESDE UN PUNTO DE VISTA OPTIMISTA Y ESPERANZADOR

 

 Se puede vivir con Fibromialgia, SFC y SQM

 
Hoy por hoy, a todos los que padecéis estas enfermedades, no os voy a empezar a contar lo que supone vivir con ellas, el impacto que ha tenido sobre nuestras vidas y por supuesto el gran esfuerzo y sufrimiento personal que conlleva el sobrellevarlas día a día.
 
Hoy quiero limitarme a dar otra visión de ese día a día. Hoy no quiero hacer hincapié en el dolor, ni en la fatiga, ni en el hecho de permanecer horas e incluso días secuestrados en casa y prisioneros de nuestras camas, por culpa de nuestras crisis. Hoy quiero avanzar y mirar detrás de esa oscura cortina y dejar que entre un rayo de luz y de esperanza, que nos permita ver mas allá de nuestras posibilidades.
 
Aun recuerdo el día que el doctor me dijo que mi vida cambiaría para siempre. Todo lo que había conocido hasta entonces, mi forma de vivir, mis proyectos mas inmediatos, mi trabajo, mis planes de maternidad, mis viajes... Todo ello quedaba anulado de un plumazo, sin saber todavía muy bien que era esa enfermedad que había invadido mi cuerpo, dejándome postrada en una cama, con muchísimos dolores y mil dudas en mi cabeza. En la charla que mantuve con el médico, siempre me hablaba de adaptación a mi nueva situación. Según él, ese era el único camino que me conduciría a una mejoría. Escucha a tu cuerpo, dale lo que pide en cada momento y ahí encontraras la forma de sobrevivir a esto.
 
Por supuesto que ese consejo tarde años en llevarlo a la practica... Si me agotaba, yo seguía aunque cayera desmayada; si los dolores me bombardeaban, me inflaba a nolotil; en lugar de dar paseos moderados, caminaba rápido y durante mucho tiempo hasta la extenuación. Todo lo hacía al revés. Me negaba a pensar que la chorrada de la adaptación fuese a conseguir más que mi fuerza y empeño y, por supuesto, que los medicamentos. El resultado de mi peculiar terapia era, una semana mínimo de vacaciones pagadas en la cama, con espasmos corporales continuos de agotamiento y dolor, fatiga no solo física, sino cognitiva, hasta tal punto de no poder hablar, ni abrir los ojos, pérdida de memoria y en fin, todos estos síntomas tan conocidos, que te quitan las ganas de vivir.
 
Poco a poco comencé a ver que esa no era la vía. Tenía que haber otra forma de hacer las cosas, otra forma de vivir, de evitar tanto sufrimiento, no solo a mí misma, sino a todos los que me rodeaban. Y comencé a escuchar.... Y realmente, mi cuerpo me hablaba. El me decía cuando era el limite, no mi cabeza; cuando debía parar, cuando debía seguir, que momento era el adecuado para pasear e incluso cuando tenía ese puntito mayor de energía que me permitía leer e incluso ponerme un rato delante del ordenador. Comprobé que si seguía estas pautas, podía ser un poco mas persona de lo que había sido en mucho tiempo y, aunque fuese poco, era muy gratificante. Descubrí que las mañanas era el peor momento, por mucho que yo me hubiese empeñado en hacer cosas en ese horario. La rigidez extrema de mi cuerpo y la neblina mental, me impedían hacer el más mínimo esfuerzo. Antes de comer, daba un paseo tranquilo y hasta podía sentarme delante del ordenador un rato. La sobremesa volvía a tumbarme. La energía descendía hasta el límite más bajo y los dolores hasta el más alto, así que descansaba de nuevo. La tarde siempre me traía mejores perspectivas, así que trataba de aprovecharlas al máximo: un rato de lectura, otro pequeño paseo, una conversación por teléfono.... Pequeñas cosas a las que había tenido que renunciar durante mucho tiempo, y que ahora con mis nuevos hábitos, podía hacerlas. Por supuesto que esto no siempre era así.... Esta enfermedad no es lógica, ni matemática, por lo que había días, en los que todos estos planes se frustraban y tenía que renunciar a todo y estar en peregrinación continua del sofá a la cama, de ahí a la butaca, intentando aliviar los dolores y el cansancio de la mejor forma posible.
 
Hasta hoy, puedo decir que lo que mejor me ha funcionado para experimentar una mejoría, es la adaptación a mi nueva situación. Intento no pensar en lo que me ha pasado, en el porqué, en las renuncias... Pensar en negativo, solo me trae consecuencias nefastas, así que intento ver la vida desde el otro lado... La vida te da las cartas, pero tú eliges como jugarlas. Y se puede elegir.
 
Hoy, gracias a esa disciplina, coraje y empeño he logrado ser mama. La lucha ha sido tremenda para conseguirlo, pero no me he rendido. Los días son largos y agotadores y muchas veces necesito ayuda pero, tengo una familia fantástica que me rodea, me apoya y me cuida cuando lo necesito. A veces pienso, que si hubiese continuado con mi trabajo, nunca hubiese podido disfrutar de mi hija como lo he hecho. La he visto crecer día a día, dar sus primeros pasos, decir su primera palabra, contar conmigo para todo. Ese pensamiento para mí es como cubrirse como una manta cálida; me da bienestar y me reconforta en mi vida actual.
 
Yo me siento llena así... Pero no hace falta ser madre para lograrlo. Hay que empeñarse en vivir; en hacer eso que nos gusta y ponerle el corazón y la poca energía que tenemos en conseguirlo y en desarrollarlo...Un día alguien me dijo, no renuncies a nada, y aquí estoy, intentando comerme el mundo cada vez que me levanto, aunque muchas veces llegue el final del día y solo haya podido darle un pequeño mordisco.
 
La vida con SFC, FM, SSQM se ha convertido en una lucha diaria que debemos llevar con la mayor entereza y dignidad. Yo solo la perdí una vez. Un médico del INSS me la arrebato haciéndome comentarios sobre mi situación y mi enfermedad tremendos, insultantes y descalificadores. Toque fondo y jure que nadie más iba a tratarme como una enferma de tercera. No consentiría, que un médico me llamase mentirosa, vaga o loca. Inicie otra lucha. La lucha por lo que era mío. Por mi pensión. Por mi derecho a estar cuidada como otros tantos enfermos. Por el reconocimiento de esta enfermedad que hace estragos en la vida del que le toca sufrirla. Por mí.
 
Fue un camino largo, pero lo conseguí. También, gracias al apoyo de los profesionales que comprendieron mi situación y lucharon por conseguir el reconocimiento de mi incapacidad. El día que me llamó mi Abogado para decirme que lo habíamos logrado, lloré como una niña. Me sentía como el Quijote; había luchado contra gigantes y molinos y había vencido. En ese momento me alegré de la decisión que había tomado emprendiendo un camino de lucha contra el INSS. Pues sí, he sufrido pero he ganado y muchas personas en mi situación también han ganado. No solo es el dinero de la pensión que te corresponde y te ayuda mes a mes a ser una persona menos dependiente, y en nuestra situación es muy importante, sino de satisfacer ese espíritu de lucha y de justicia, que te hace decir, aquí estoy y mientras me quede un álito de energía, no podrán conmigo.
 
La paciente que narra el relato fue representada y defendida por Vicente Saiz Marco, abogado responsable de Equipo Jurídico de Marconia Legal.

 

RELATO   DE   ENFERMA   AFECTADA   DE  SINDROME  DE  FATIGA  CRONICA  (SFC),  FIBROMIALGIA  (FM), Y  SINDROME  DE  SENSIBILIDAD  QUIMICA  (SSQM).   DESDE  SUS  PRIMEROS  SINTOMAS  HASTA  LA  OBTENCION DE  LA   INCAPACIDAD  PERMANEMTE ABSOLUTA

 

La paciente relata en primera persona el largo camino que sufre desde la aparicion de la sintomatologia, hasta la obtencion de un diagnostico clinico, que sera el punto de partida para lograr la Incapacidad Permanente Absoluta, despues de que una resolucion del INSS, la considerase apta para el desempeño de cualquier actividad laboral.

 

Mi cuerpo se estremeció de dolor bajo las sabanas. Los ojos me ardían. La garganta y la boca las tenia secas como un esparto. No pude evitar pensar en que la gripe había anidado en mi cuerpo. En el calendario asomaba septiembre, los días eran largos y el calor en la calle, intenso. Estaba quieta, salvo por algún que otro escalofrió, que hacía que pegara pequeños botes en la cama. Mire el reloj, las seis. En pocos minutos debía de saltar de la cama y ponerme en marcha…. Pero cómo? Si probaba a moverme, el dolor era insoportable. Intente incorporarme en busca de un termómetro y un vaso de agua que me calmase el fuego que salía de mi garganta. Era increíble, pero mi cuerpo no respondía. Mis piernas no me sujetaban. Los brazos parecían de mantequilla, pues los notaba flojos y caídos, sin fuerza. Me arrastre como pude hasta el objetivo. Al coger el vaso, note una punzada de dolor en mis manos que jamás había sentido. Comencé a marearme y a tambalearme. Solo quería volver a la cama… Me sentía inútil y desvalida fuera de ella. Recorrí como pude la pequeña distancia que separaban el baño y el dormitorio y me derrumbe sobre las sabanas con la misma sensación de haber corrido un maratón. Estaba exhausta. Comprobé la temperatura en el termómetro. Treinta y nueve grados. Normal que me sintiese así, tenía una fiebre altísima. Llamaría al trabajo. En estas condiciones no podría ir al menos en un par de días. Ahora sonrío con nostalgia al recordarlo, poder pensar con esa inocencia en lo referente a mi salud, lo echo de menos. En ningún momento sospeche que jamás podría volver a trabajar, que mi vida cambiaria para siempre y que ese fatídico día, era el primero de un largo periplo hasta conseguir descubrir que le pasaba a mi cuerpo. 

 

Septiembre avanzaba y mis dolores y cansancio también. La desesperación comenzaba a hacer mella en mi estado de ánimo. Mi médico de cabecera ya no sabía que hacer conmigo. Su diagnostico de gripe fuerte abarcaba un par de semanas como mucho, no un mes. La fiebre había remitido un poco pero, muchos días no lograba que bajase de treinta y ocho grados ni con todos los antitérmicos del mundo. La butaca repleta de cojines que evitasen cualquier rozamiento era mi mejor refugio. La cama ya solo me servía cuando el sueño me rendía y caía sin pensar, si no era como estar en un potro de tortura. Mi cuerpo no respondía ante nada ni ante nadie. Los dolores eran tan intensos que me impedían moverme. El cansancio era tan demoledor, que hasta abrir los ojos se había convertido en una tarea que requería de gran esfuerzo. Los ruidos me aturdían, los olores me molestaban, las conversaciones ajenas me agotaban… Solo quería descansar para sentirme mejor. Pero el descanso era una como utopía, pues nunca llegaba. Tenía que hacer algo. En la soledad de mi aislamiento, solo podía pensar en que algo muy malo le sucedía a mi cuerpo. Todos estos síntomas que jamás había sentido y esa pérdida tan bestial de kilos, me llevaban a pensar que algo se me estaba pasando por alto y al médico también. El solo pensaba que lo que me sucedía era producto de una depresión nerviosa producida, en mayor parte, por el alejamiento que mantenía con mi familia. Hacía ya tres años que yo vivía en Madrid, feliz e independiente con mi pareja, por el que di el paso de trasladarme de cuidad. Añoraba a mi familia, pero yo estaba segura de que hasta ese punto, no.

 

Comencé a navegar por internet buscando algo o alguien que pudiese entenderme y ayudarme. Comencé a barajar alternativas a la medicina tradicional. Visite a una homeópata, que me receto cien mil cosas y lo único que consiguió fue exacerbar todavía más mis síntomas. Fue ella la primera que me descubrió un posible diagnostico. Síndrome de Fatiga Crónica. El nombre me pareció ridículo. Parecía una especie de broma, como si se tratase de algo carente de importancia. Pero me puso sobre el camino correcto. Seguí esta línea de investigación en internet en busca de pacientes que sufriesen lo mismo que me ocurría a mí. Descubrí que había cientos de personas que se encontraban en mi misma situación, desesperadas, asustadas e impotentes ante la incomprensión que esta enfermedad generaba a todos los niveles. Siempre es más fácil tratarte de loco y mentiroso, que reconocer que es una enfermedad que se escapa del entendimiento o de la comprensión. Encontré asociaciones que luchaban por el reconocimiento de cientos de pacientes que sufrían en silencio este tipo de enfermedades, Síndrome de Fatiga Crónica, Fibromialgia y Síndrome de Sensibilidad Química. Ellos me ayudaron y me aconsejaron. Llevaban más tiempo que yo luchando con este trío tan desalentador y aunque me auguraban un futuro incierto con respecto a mis dolencias, me sentía aliviada al comprobar que no estaba loca. Que lo que me pasaba era tan real como el hecho de respirar.

 

Aunque me sentía un poco más optimista al haber encontrado un posible diagnostico, todavía no había encontrado ningún médico que me lo confirmase clínicamente. El Hospital Carlos III me dejo por imposible, después de miles de pruebas y aunque la fiebre seguía estando ahí, los dolores me incapacitaban para llevar una vida mínimamente digna y el cansancio me impedía dar tres pasos seguidos.  Ellos seguían confirmando que no pasaba nada. Me recetaron ansiolíticos, antidepresivos, analgésicos que lo único que hacían era envenenarme cada día más, sin notar alivio alguno en cualquiera de mis síntomas. Solo una doctora se atrevió a mencionar y a escribirlo en un papel en blanco, sin carácter oficial. “Puede que se trate de un posible Síndrome de Fatiga Crónica de carácter post viral, pues tus análisis dan positivo en el virus de Epstein Barr” Es decir, que todo esta sintomatología tan brutal, la había desencadenado la mononucleosis que pase a finales de verano… Jajá.., así que gripe fuerte!! MI incompetente médico de cabecera no había sabido distinguir una mononucleosis de una gripe. Como para que entendiese esto. Fueron días muy duros, de desconcierto, de impotencia. No sabía a quién acudir. Ya no sabía en quien confiar.

 

Siguiendo consejos de todo el mundo, me incline por la acupuntura. Todos decían que esos dolores tan intensos que sufría tenían solución con esta disciplina. Las agujas penetraban en mi cuerpo produciéndome un dolor insoportable, que yo aguantaba con lagrimas, pensado que el alivio lo encontraría seguramente en próximas citas. No fue así. Cada vez que me sometía a una nueva sesión, salía más deteriorada y ese esfuerzo, me suponía una recaída tan severa, que  necesitaba días de recuperación para sentir un poco de alivio. Suspendí la terapia con la desesperanza de que a mí, algo que a la gente le funcionaba de maravilla, me había fallado.

 

Las malas noticias iban llegando. En mi trabajo ya no podían darme más tregua. Necesitaban a alguien que se hiciese cargo de todo lo que yo había dejado pendiente. Fueron las lágrimas más amargas. Me había preparado a conciencia para ese puesto. Me encantaba y era feliz, tras haber luchado por conseguirlo. Todo se escapaba como arena entre los dedos. Mi independencia, mi libertad y ahora mi sustento. Me quedaba la baja. Pero desafortunadamente, tampoco duro mucho tiempo. Según el médico de cabecera y el INSS yo estaba lista para trabajar. Me miraba al espejo y me entraba la risa desconsolada. Tan solo habían pasado unos meses y ya no era ni la sombra de la mujer que un día fui. Famélica, incapaz de dar un paso fuera del sofá o la cama, siempre cansada, siempre aturdida, siempre dolorida… Me consideraba una persona decidida, trabajadora, independiente, intelectualmente activa. Todo lo contrario a lo que la imagen del espejo me devolvía. Los libros se apilaban encima de la mesa esperando a que alguien abriera sus tapas. Familia y amigos me los traían para que me diesen un poco de consuelo y yo me sentía incapaz de leer mas allá de la tercera página. No podía concentrarme. Mi estúpido cerebro no conseguía enlazar las palabras para dar sentido al argumento. Todo se había vuelto tan difícil… Era desalentador.

 

Volví a Internet. Una de las asociaciones me hablo de un medico en Barcelona, que tenía una Unidad de Síndrome de Fatiga Crónica, el DR. Fernández- Sola. Todos hablaban de él maravillas, como si hubiesen encontrado al mismísimo mesías. No lo dude ni un solo momento y llame. La lista de espera era larga, pero al decir que venía de la asociación y contar a su enfermera mi precario estado de salud, me dio cita lo antes posible. No me lo podía creer. Después de mucho tiempo de oscuridad, por fin un rayo de luz asomaba a mi vida.
Preparamos el viaje a conciencia.  Tanto mi pareja como yo, sabíamos que iba a ser muy duro para mi permanecer inmóvil durante horas en el coche. Realmente, se me hizo eterno. Pero la esperanza aliviaba el sufrimiento. Barcelona se me presento como un oasis en el desierto.


El doctor lo tuvo clarísimo desde el primer momento. Toda la batería de análisis que le llevaba, así como las pruebas que me realizo confirmaban nuestras sospechas. Diagnostico. Síndrome de Fatiga Crónica de origen post viral de grado III/IV  así como Fibromialgia asociada de carácter grave. Presenta Síndrome de Sensibilidad Química de carácter moderado así como Síndrome seco de mucosas. Las palabras del médico todavía resuenan en mi mente seis años después. “No quiero que pienses que soy crudo, quiero ser lo más realista posible para te hagas cargo de lo te sucede. Tu vida no volverá a ser la misma. Tienes una enfermedad muy invalidante que, ahora mismo y se prevé que en un largo periodo de tiempo, no tiene ni tendrá cura. No podrás trabajar, tu actividad diaria se va a reducir drásticamente, todo va a cambiar. Yo te voy a proporcionar medicación que te aliviara parte de la sintomatología, pero no la erradicara. MI más sincera recomendación es, que te adaptes lo antes posible a tu enfermedad, tanto física como mentalmente. Ahí es donde vas encontrar el verdadero alivio porque aprenderás a escuchar a tu cuerpo y a darle descanso o actividad, según lo requiera en cada momento.”

 

Al salir de la consulta llore como nunca con una mezcla de desconsuelo,  por esa vida que no iba a recuperar pero, también de alivio, por haber encontrado al fin un diagnostico que realmente probaba a todo el mundo e incluso a mi misma que en muchas ocasiones había llegado a dudarlo, que no estaba loca, que no me lo inventaba y que tampoco quería vivir del cuento, como algún que otro médico me había insinuado.

 

Con los meses el temido momento del tribunal médico llego. Jamás pensé que media hora de reloj iba a resultar tan nefasta para mi autoestima y tan traumática para mi vida. La doctora se erigió en juez y sin concederme el beneficio de la duda, emitió su veredicto sin importarle lo mas mínimo lo que yo contaba ni los informes que le aportaba de mi médico. Según ella, mi situación solo me reportaba beneficios económicos al aspirar a una pensión, que era un tercio de lo que yo ganaba trabajando, beneficios emocionales al lograr que mi familia, amigos y pareja,  estuviesen pendientes de mi y beneficios sociales, al considerar que el resto de la humanidad se apiadaría de mí y me trataría de forma especial. La charla, unilateral por supuesto,  porque yo solo tenía ganas de llorar, la corono con la siguiente frase lapidaria “Además no te quejes. Afortunadamente eres mujer y tu marido te puede mantener….”


Mi ánimo cayó por los suelos. Me destrozo anímicamente. NO me podía creer que un profesional médico estuviese tan ciego al no ver la realidad de mi situación y que encima dudase del informe de un colega que describía mi enfermedad al detalle.

Mi marido… Mi pareja en aquel entonces fue mi más férreo apoyo. Siempre me entendió y me apoyo. Creyó en mí, cuando mucha gente nos dio la espalda. Fue el que me animo a acudir a la justicia para reclamar, no solo el derecho a ser una enferma de primera, sino a reclamar mi pensión. El camino fue duro y largo. Pero  el Tribunal Superior de Justicia de Madrid me devolvió parte  de esa dignidad que poco a poco había ido perdiendo e incluso que algunos profesionales, me habían robado.

 

Años después solo me queda reconocer las palabras sabias del Doctor Fernández-Sola… En la adaptación está la clave del éxito. Jamás recuperare mi vida anterior, pero cada día lucho por ser feliz con mi vida actual. Hoy he conseguido salir de la cama y de la butaca y pasar días medianamente normales. Las crisis, cuando sobrevienen, las paso pensando siempre que mañana será un día mejor, y que podre hacer algo más de lo que he hecho el día anterior. He firmado la paz con mi cuerpo y con mi mente; les escucho, les atiendo y les mimo, porque solo con ellos llegare hasta el final del camino.


A.S.P 
Enferma de SFC, Fibromialgia y Sensibilidad Química

 

La paciente que narra el relato fue representada y defendida por Vicente Saiz Marco, abogado responsable de Equipo Jurídico de Marconia Legal.

 

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